Evaluar, en el museo ¿para qué?

Evaluar, implica dar valor a algo, nosotros evaluamos constantemente nuestro entorno o nuestras acciones de manera cotidiana; cuando vamos de Vacaciones vamos haciendo primero un plan de a dónde queremos ir, en que transporte viajaremos, el hotel al que llegaremos y la ruta que seguiremos por la ciudad, los lugares en los que comeremos, etc. Algunos paso a paso, otros al regresar del viaje hacemos la evaluación de cómo fue, así que vamos haciendo una especie de check list en donde de manera sencilla vamos poniendo paloma o cruz, en función de si cubrió nuestras expectativas iniciales, calidad de servicio, atención, etc. ¿Qué valoramos de una experiencia en determinado? Aquí intervienen varios criterios: infraestructura, personal, servicios, atención, accesibilidad, etcétera. Si bien es cierto que, evaluar es un proceso subjetivo, aunque se cuente con información objetiva y cuantificable de determinados aspectos evaluados. Ante una misma situación o experiencia habrá diferentes opiniones y la definición de los criterios también depende de cada persona, se hace puntualmente y de manera más o menos empírica.

En el caso de las experiencias en museos, los visitantes tienen un rol fundamental en los procesos de evaluación; el museo y sus equipos de trabajo han empleado diversas formas de evaluar las acciones y proyectos expositivos, que han dado una pauta del mapa de ruta que han tomado las relaciones del museo con sus visitantes de una manera sistemática y metodológica. “Hasta el momento, las evaluaciones en el ámbito museal se ha centrado fundamentalmente en los estudios de público y en la evaluación de las exposiciones […] si partimos de la idea de que el museo es un espacio de aprendizaje (Domínguez, Estepa y Cuenca, 1999), no cabe duda de que existen otros muchos aspectos evaluables dentro del ámbito educativo museal”.[1] La importancia de hablar, reflexionar y tomar acciones concretas en relación con un tema fundamental como lo es la evaluación, en un contexto no formal, a partir de las experiencias de aprendizaje, en donde los educadores de museos se encuentran en un punto neurálgico de la columna vertebral del museo como institución y de lo educativo como detonador de experiencias de aprendizaje dentro y fuera de sus espacios.

Si bien, muchos de estos procesos son heredados o compartidos por la educación formal en donde, como lo menciona Sebastian Barajas[2], en un evento sobre Evaluación en el formato de Escuela de Educación Disruptiva que promueve Fundación Telefónica, los pilares del sistema educativo tradicional son: la clase magistral, la memorización de la información, las evaluaciones en formato de exámenes y el Curriculum dividido por asignaturas.

En el caso del museo y lo educativo, estos aspectos son compartidos, por ejemplo, una visita tradicional es una especie de clase magistral, en donde el educador transmite una serie de contenidos que son necesarios para los estudiantes, la visita se basa en que al final del recorrido, los estudiantes hayan memorizado o bulímicamente ingieran una gran cantidad de información y que incluso llegando a la escuela puedan ser evaluados sobre ello y de la que al poco tiempo no recuerden nada. Así mismo, los maestros y estudiantes acuden al museo, en muchos casos a partir de la vinculación curricular que establecen los planes y programas; los museos se encuentran divididos también por áreas de conocimiento en función del tipo de patrimonio que resguardan: arqueológicos, artísticos, históricos, científicos. Uno de los retos de la educación dentro del museo implica pasar de un sistema en donde el centro del proceso educativo es la evaluación (los resultados) y no el aprendizaje (los procesos).

En el contexto internacional existen investigaciones y publicaciones sobre sus resultados desde finales del siglo XIX con Higgins, ponderando el Valor Educativo del Museo; el comportamiento de visitantes abordado por Robinson y Melton en la década de los 20; las características sociodemográficas de los visitantes de Abbey y Cameron a mediados del siglo XX; en  la década de los 70 con Chandler y Screven sobre el aprendizaje en diferentes contextos; los de Gardner en los años 90 en donde ya sugiere que haya programas de evaluación y no solo estudios aislados;  o los de Falk y Dierking en el 2000,  Sus trabajos exponen las limitaciones del aprendizaje en las aulas y resaltan, desde un punto de vista teórico, la eficacia del aprendizaje experimental (Asensio y Pol, 2005)[3].

En el caso de los Estudios de público México, tenemos referentes en Graciela Smilchuck y Ana Rosas Mantecón a partir de los años 90, con temas como el Consumo cultural y la evaluación cualitativa de los recursos lúdicos; o diversos estudios de público de exposiciones temporales o permanentes que ha realizado desde 1995 hasta la fecha la Coordinación Nacional de Museos y Exposiciones del INAH; las evaluaciones sumativas de exposiciones de Leticia Pérez y Silvia Singer o aquellos que hablan de la función comunicativa de las cédulas museográficas en museos de Ciencia o la evaluación en Museos y Centros de Ciencia de María del Carmen Sánchez Mora, entre otros.

Es cierto que se han hecho avances y reflexiones profundas sobre la importancia de evaluar en el contexto del museo, se han marcado líneas conceptuales, definido las variables, los niveles de interpretación y propuestas concretas que han generado nuevos proyectos y formas de acercamiento o interacción del museo, más efectivos y significativos con sus diversos visitantes. Sin embargo, de Forma, algunos museos se puso “de moda” aplicar Estudios de público, para estar a la “vanguardia”, aplicando encuestas de salida parciales y nada sistemáticas; en el Fondo, no siempre se capitalizaron sus resultados y se hicieron los cambios necesarios en función de los resultados.  Por ejemplo, los estudios dicen que uno de los detonantes para que los visitantes acudan a determinada exposición es un título atractivo, por ejemplo, La Vida en un sorbo o Por los Siglos de los Siglos (como una especie de slogan publicitario), pero, todavía encontramos muchas exposiciones que manejan títulos demasiado académicos o enciclopedistas, como: Faraón, el culto al sol en el antiguo Egipto.

Los estudios de público son una forma de evaluar lo que se ha hecho en una muestra temporal o permanente, pero se diferencian de aquellas que competen a la educación en el contexto del museo, ya que éstas ponderan aspectos vinculados con la percepción, el aprendizaje, la creatividad o la comunicación, entre otros. Iniciar cualquier estudio o investigación desde la experiencia educativa ha implicado que los educadores sientan mucho respeto o tal vez un poco de miedo por llevarlos a cabo, ya que se ve como un proceso que tiene múltiples aspectos que hay que considerar, siendo la evaluación una de las etapas de la Planeación Educativa a la que se rehúye en muchos casos.

Sistematizar estos procesos de evaluación lleva a los profesionales a plantearse:

  • ¿Qué evaluar de una experiencia educativa al museo? ¿Por qué? ¿a quién? ¿Cuándo? Y sobre todo ¿Cómo hacerlo? “Para diseñar y evaluar experiencias de aprendizaje significativo, es necesario dejar de pensar en el QUÉ para pensar en el CÓMO”[4].
  • Capitalizar nuestras  experiencias y saberes previos sobre lo que implica evaluar, para hacer una especie de Check list [ * ] de la cual partir.
  • Establecer espacios de negociación de significados.
  • Interacción entre iguales o con distintos y desde posturas más cualitativas, complejas y múltiples.
  • Contar con diversas metodologías: de juego, las creativas, aquellas vinculadas con el arte y aquellas de carácter constructivista, de pensamiento complejo, etcétera.
  • Establecer alternantivas viables para resolver los cómo en los procesos de evaluación.
  • Evaluar cualitativamente implica involucrarse más, en dónde los universos de aplicación son muy puntuales a menor escala, desde una perspectiva más holística que se vincula a diseños de evaluación y técnicas mucho más flexibles, abiertas y emergentes.

[1] María Acaso. Sesión 5 de la EED: ¿La evaluación mata la educación? (parte 2).

[2] Estudios sobre públicos y museos. Línea del tiempo. http://publicosymuseos.nodocultura.com [consultado el 9 de septiembre de 2017]

[3] Emprendedor y empresario, autor del libro Aprender es hacer: Cómo adaptar el sistema educativo al siglo XXI. Ubiqum.

[4] Suárez, M.A., Gutierrez, S., Calaf, R., San Fabían, J.L. (2013). La evaluación de la acción educativa museal: una herramienta para el análisis cualitativo. Clío 39, ISSN 1139-6237, http://clio.rediris.es

 

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